...un olor a distancia y a no quiero olvidarte se colaba desde algún lugar mientras el funcionario con cara de miércoles comprobaba el pasaporte y los demás documentos preguntándose, imagino, qué demonios habría ido a perder allá, lugar propicio para perder seguramente, y yo tratando de aparentar que de verdad antropólogo, Universidad Nacional, y así, de perfil, incluso europeo, lo que debió bastar porque sellos y bienvenido a Uruguay o la fila de retornados en aumento tras de mí.
-Deja algo atrás- Dijo Claudia que entonces sólo era una bonita sonrisa al principio de su maleta.
-Tengo que aprender a amarlo a diez mil kilómetros por palabra.- Uno sólo puede ser original un par de veces en la vida.
-Me refería a esos papeles- De nuevo Claudia, que resultó muy observadora porque además.- No se ruborice, le puede pasar a cualquiera; para un amante en la distancia incluso es obligatorio.
Tuvo el detalle de esperarme y acompañarme a la salida mientras yo intentaba aparentar que de verdad antropólogo etc. y aceptó un café porque su marido se retrasaría. Entonces Claudia, que multinacional del petróleo y viaje aburridísimo a Europa aunque en realidad siempre quiso ser bailarina o algunas de esas pavadas de niña colorada y pudiente de interior. La ironía le viene de una madre medio inglesa y el marido, claro, 1.85 y perfecto traje italiano que conduce su propio coche por algo que dijo utilizando la palabra libertad. Sugirieron que la próxima en su quinta y pagaron el café. Al despedirse, Claudia, me susurró socorro al oido.
Llevo cuatro años por aquí y aunque Montevideo es más bien pequeñito aún no me he propuesto rescatarla. Nunca se me ha dado bien hacer de héroe.