Para Guillermo que alegó cierta indisposición y se libró de semejante tortura.
Semana complicadísima la que acaba de terminar. Quedan exactamente 10 días de clase, diez días reales, acabamos el 16 de este mes, y exámenes finales, correcciones de última hora, recuperaciones y tal con lo que apenas he tenido tiempo para dedicarle un ratito al blog, y sin embargo he seguido recibiendo el mismo número de visitas habitual lo que es de agradecer (son más de tres luego no entiendo esa sonrisita, es más, aumenta el número de seguidores: bienvenido Álvaro se te recuerda con cariño)
Entre este conjunto de inexcusables citas pedagógicas debo mencionar la temible salida de fin de curso. Tarde o temprano un profesor se tiene que enfrentar a una salida con sus alumnos y el viernes pasado me tocó una apasionante visita a una cueva. Vaya por delante que no me gusta nada salir al campo y menos aún con un puñado de adolescentes salvajes. Supongo que también tengo que aclarar que esta salida estuvo organizada por el departamento de actividades extraescolares de mi instituto, cuya media de edad ronda los 62, 7 años, dato nada baladí, pues, aunque la media de edad de los Rolling Stones debe ser aproximadamente la misma, apuesto a que sus actividades extraescolares son muchísimo más interesantes que la del pasado viernes.
Entiendo que para la tercera edad una cueva pueda resultar una apasionante visita para mí fue un auténtico plomazo. Después de dos horas y media de atasco y viaje en autobús, cancioncillas incluídas, este fue el tema estrella cantado por mis adorables alumnos,
llegamos a un horrible pueblo avilés en el que se albergan las Cuevas del Águila, nombre cuya procedencia ignoro, demasiado rimbombante, por otra parte, para lo que nos enseñó un amable guía en el interior de la misma, limitándose a mostrarnos cómo las estalactitas y estalagmitas adoptan curiosas formas como la de un jamón, una mano de cuatro dedos o una mazorca, que no fuimos capaces de ver. Insisto en que habrá a quienes les resulte apasionante ver una mazorca en medio de una cueva pero qué quieres que te diga.
Tras la visita soltamos a los chicos. No es una expresión, realmente les soltamos como se suelta al ganado las tardes de verano y como el ganado se fueron a las proximidades de un río a remojarse un poco mientras nosotros comíamos, medio charlábamos y Eduardo no paraba de decir :”qué bien me lo estoy pasando.”
Salimos en expedición unos cuantos, (los de la foto y yo que dejaba constancia gráfica por si no volvíamos)
para encontrar un futbolín, un pinball, y una frondosa vereda que llevaba al mismo lugar del que partimos pero con más calor y agotados. A eso de las cinco volvimos a casa después de una jornada de lo más pedagógico.
Y entonces, por qué me apunté a la excursión?
Coger frío en una cueva: un catarro.
Una comida rupestre a base de embutido: el colesterol por las nubes.
Ser empapado con un globo de agua por mis encantadoras alumnas: una cara de malo.
Pasar el día con unos amigos, echar unos futbolines y unas risas: no tiene precio.